Logo

Venezuela contra sus malandros

/ mayo 19, 2017 / Venezuela contra sus malandros

Por Carlos Peláez

Es un cliché de las películas de exorcismos que el exorcista comienza a tener poder sobre el demonio cuando conoce su nombre. A nosotros individualmente nos pasa lo mismo: uno de los hitos más importantes de mi proceso sicoanalítico fue asignarle un nombre al origen de mis bloqueos mentales, a eso que Rupaul Charles llama “El Saboteador”. Una vez definido mi saboteador, pude comenzar a neutralizarlo.

En Venezuela, la mayoría parece estar de acuerdo en que este pulso de lucha es diferente. Lo hemos asumido con una seriedad y firmeza que viene construyéndose desde pulsos anteriores, pero que nunca habíamos experimentado como hoy. La explicación más obvia es que el sistema contra el que luchamos nos ha llevado a un punto de vulnerabilidad tan elevado, que la lucha, con todos sus peligros, sigue siendo mejor opción que volver a la “normalidad” que nos fue diseñada. En otras palabras, seguir luchando no parece más doloroso ni más peligroso que vivir en chavismo.

Pero, ¿cómo se llama ese demonio contra el cual estamos luchando? Ni siquiera los líderes opositores han logrado decidir si llamarlo chavismo o madurismo. Durante varias décadas de torpe búsqueda de una vida digna, nuestro saboteador ha recibido varios nombres: el liberalismo, Estados Unidos, Cuba, el comunismo, la dictadura, la burguesía… Y ciertamente estos “entes” han sido enemigos o aliados coyunturales de esa gesta libertadora que comenzó hace muchísimo tiempo y aún sigue. Pero la pelea que estamos dando en 2017 es diferente porque finalmente nos estamos enfrentando al verdadero enemigo histórico del pueblo venezolano: los malandros.

Cuando me di cuenta de esto por primera vez, recordé los cuentos de la Generación del 28, un pequeño grupo de jóvenes que se enfrentaron por primera vez en nuestra historia a un “pran”. Pero esa lucha no fue nuestra, fue la conspiración de unos pocos. Nosotros como nación no estábamos listos para enfrentar el caudillaje cuatrero del Benemérito y fue su muerte la que nos hizo el favor. Así que después de ese episodio, que fue germen de lo que defendemos hoy, los malandros siguieron formando arte y parte de todas las gestas nacionales, porque ellos no son un ejército externo que nos amenaza desde otro lado de una frontera, sino sección fundamental de nuestra identidad, que tiene su manifestación más eufemística en la infame viveza criolla. En el pasado, nunca habían sido ellos el objeto declarado de nuestra enemistad como pueblo.

En cambio, Venezuela, nosotros como nación y como ciudadanos, estamos ahora listos para enfrentarnos al enemigo interno, a nuestro demonio, el cual nos ha poseído en mayor o menor medida desde la colonia y que hemos ignorado, tratando de taparlo con nuestras otras, muchas, cualidades positivas. Algo muy natural, por cierto, pero finalmente hemos vivido en carne propia el sufrimiento al cual este enemigo histórico nos puede someter y cuyas consecuencias no lográbamos dimensionar. Finalmente nos dimos cuenta de que el demonio del malandraje nos va a consumir hasta la muerte.

Este momento impresionante de unión es también uno de contrición. Desechamos el orgullo forzado y hemos visto el monstruo que podemos ser. Son ellos, los represores, venezolanos y criados en esta tierra, la imagen perfecta del demonio que siempre hemos negado, por vergüenza. En ellos no solo vemos a un soldado inescrupuloso que disfruta de infligir daño. En ellos vemos al azote de barrio que cobra peaje a quienes regresan en la noche de trabajar honradamente, vemos al motorizado que anda por la acera en contravía, vemos al gestor de Cadivi que recibe dólares gratis en su empresa fantasma, vemos al político rosquero, al policía matraquero, al secuestrador express, al ladrón de cables, al banquero corrupto, al narco, al garimpeiro, al reposero, al asesino y al robagallinas. Vemos a todos los malandros, únicos depositarios y explotadores de nuestros miedos, que, como un demonio o un saboteador, han impedido que desarrollemos el potencial que sabemos que tenemos como nación y que hoy, en 2017, parece que nos hemos decidido a alcanzar.

La primera impresión de esto la tuve en 2014 durante las guarimbas. Yo me opuse a esas acciones hasta una noche en que, detrás de la barricada, observé como la gente disfrutaba plácidamente de su urbanización en la calle. No se la habían quitado a Maduro ni al imperio, se la habían quitado a los malandros. Creo que fue un punto de inflexión. Saboreamos una victoria fugaz contra lo que en todas las encuestas siempre ha sido nuestro mayor tormento: la inseguridad.

Hoy sabemos que el hambre y la mengua también son culpa de la inseguridad, de esos malandros que nos han robado por más de dos siglos el fruto de nuestro trabajo. No es culpa de los españoles ni de los gringos ni de los cubanos, sino de los venezolanos malandros. Ahí radica la complejidad de nuestra lucha: es una lucha contra nosotros mismos, contra esa parte de la mente que el sujeto protege aunque la aborrezca, porque lo constituye. Pero finalmente le pusimos nombre, nos decidimos a combatirla y sabemos lo que se siente ganarle. Los malandros siempre serán parte de nosotros, como los posesos nunca olvidan a su demonio. Pero, como ocurre a los individuos, vencer los demonios del espíritu o de la mente ha sido un proceso por el que han debido pasar todas las sociedades exitosas. Nosotros nos encontramos en ese doloroso momento. Es un exorcismo. Un enorme salto hacia adelante en la construcción de nuestra identidad colectiva.

Es imposible para mí definir si en este pulso lograremos la libertad, pero sé que lo que se logre hoy será irreversible, como lo fue la escaramuza del 28. Venezuela finalmente se alzó contra los malandros. Alcanzamos a materializar esa fantasía que hemos nutrido por décadas. Seguimos.

One Comment

  1. ¡¡¡¡FUERA LOS MALANDROS!!!! “Libertad,o, nada”
    “Viva Venezuela y su Juventud Valiente”

Tu comentario

Email (no sera publicado)