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George Galo: “somos animales que piensan sintiendo y que sienten pensando”

/ Diciembre 26, 2016 / George Galo: “somos animales que piensan sintiendo y que sienten pensando”

George Galo es un prometedor narrador venezolano quien destaca por su primer libro de relatos Ucronías, editado y publicado por la Editorial Eclepsidra en 2015. El narrador sorprende con un hilo narrativo poco transitado en el panorama nacional y de forma ambiciosa encara su voz entre los demás narradores.

Entrevista por: José Miguel Navas.

Instagram: eltercoamor.

¿Dónde y cuándo nace la literatura de George Galo?

—El “dónde” es una pregunta hermética, en realidad. Creo que alguien que intente decir de dónde nace la Literatura no ha experimentado realmente la Literatura —con ele mayúscula—, la cual creo que nadie sabe muy bien de dónde viene y, por eso, hemos bautizado aquel origen con tan diversos nombres que es lo mismo a no nombrarlo en lo absoluto: Musas, Espíritu Santo, posesiones divinas, el inconsciente —nuestra versión mística contemporánea.

Hay nombres pero nunca realmente se sabe de dónde viene; solo restan los privilegiados que sienten aquello inenarrable. Ahora, la literatura con ele minúscula —la técnica, la dedicación, la disciplina—,quizás a eso sí se le pueda encontrar un origen mucho más tangible, o no tan tangible como comunicable, y en tal caso me retrotraería al momento en que se me invitó a escribir mi primercuento y recuerdo muy bien dónde fue, cómo fue y con quién fue. Esa profesora marcó mi vida y entonces yo estaba en 2do año de bachillerato. Yo venía escribiendo en un suplemento en el que se me había concedido una columna, donde dejaban escribir a niños y jóvenes sobre sus opiniones e inquietudes. Esa profe, que  estaba enterada, me pidió que participara en un concurso que se celebraba internamente en el colegio. Cuando lo hice de pronto me sentí hablando de una manera que para mí era increíble, la de la narración y la ficción. Lo hice por juego y yo todavía todos los días debo recodarme que quien quiere hacer arte lo que debe hacer es jugar. Gané ahí un segundo lugar, luego lo volví a intentar y gané un primer lugar y así comencé a escribir —ya al menos con mayor consciencia sobre el oficio— un primer libro de relatos —dos mil palabras al día, religiosamente— que a fortuna mía está incinerado. Entenderás, tenía 15 años. Hay unas personas que poseen copias o fragmentos pero yo les he pedido muy concienzudamente que ni siquiera ellos mismos los vuelvan a leer y me lo han prometido —yo espero que acaten mi súplica.

Pero el juego es clave porque mucho antes, de niño, recuerdo siempre haber estado inmerso en esa cosa tan infantil que es mentir y mentir y mentir, y bueno, qué otra cosa es el arte sino mentir para decir la verdad de la vida. Sí creo que se nace escritor —alguna vez dije que esto era lo más difícil de ser escritor— y que tal cosa es como el gusto, “no se aprende pero se refina”, función que se cumple en la literatura leyendo. A sabiendas de que todo en la vida es texto y, así, literatura ulteriormente. Mi Literatura nace en esa literatura donde sabemos que los libros no son sino solamente una de las ocasiones de la poesía.

 

Hablemos de Ucronías, tu primer libro.¿Cómo fue el proceso creativo de ese libro?

—Este proceso creativo fue virgen y por tanto fue ingenuo. Ingenuidad que sea acaso la única real virtud porque está más allá de entender las cosas buenas y las cosas malas —la ignorancia prístina, eso está ahí—, o, en últimas, alejado de otros intereses que no sean la cosa misma. Si bien había pasado ya por el proceso creativo de un libro, y si bien había existido siempre el deseo de algún día poder ser publicado porque vivo con la extraña ilusión de poder vivir de este designio que se me ha impuesto, cuando escribí Ucronías podríamos decir que lo hice palabra a palabra, un proceso de esperar que la historia viniese, que la Belleza tocara la puerta, no buscarla, no azuzarla, no apurarla, no maniatarla tampoco, y en ese lento proceso fui vertiendo esos juegos —porque siempre han sido juegos— que sucedían cuando yo me enfrentaba a textos, a ideas… Un solo epígrafe me desencadenaba un mundo. Ese “¿qué pasaría sí…?”, y yo jugaba con eso y así lo he continuado haciendo.

Cada cuento no es una simple disertación sobre algo, una mera descripción, no; cada cuento tiene un núcleo muy fuerte, y solo cuando lo podía sentir entonces me podía sentar y enfrentarme a él con todo lo que eso significa. Si no siento no me siento. Yo tenía siempre muy claro de dónde salía y adónde iba a llegar con las historias. Y lo fui creando con la idea demasiado lejana de algún día publicarlo pero yo no estaba pensando en más nada y creo que es un lugar adonde no podré volver… Es muy importante para mí saber que si bien este libro ya se encuentra en el pasado de mi arco como autor —ese es el problema con los autores vivos: siguen cambiando—, bueno, es el libro publicado que se escribió tan naturalmente como quizás lo sean las estaciones pero igualmente con esa maravilla porque todas esas cosas son profundamente maravillosas.

Uno solo escribe perennemente un libro en la vida. Uno va escribiendo fragmentos del libro —un libro que cambia mucho en forma pero no en esencia. Y lo que yo hice fue publicar una parte de ese libro. Libro que forma parte de ese solo Libro que se está escribiendo entre mucha gente. Uno muy temeraria y torpemente cree que puede contribuir a ese Libro que carga con la magna tradición. Yo publiqué porque el maestro Santos López me dijo —me acuerdo de sus exactas y quizás sibilinas palabras— “aquí ya hay Ángel y tú tienes que volar”. Pero yo sigo escribiendo un mismo y largo libro.

“es simple lógica: las gentes que piensan que el amor es lo primero en la vida, viven para los otros; los que piensan que la felicidad es lo primero, viven para sí mismos” – p.32

Me llama la atención el carácter “transgenérico” de tu libro, pienso que va más allá de ser un conjunto de cuentos. Al momento de leerte uno siente estar leyendo un libro de ensayos. ¿Era tu intención hacer un libro “transgenérico”?

—No, no, no… No hay tales intenciones, no hay planificaciones profundas para esto. Hay una consciencia cuando se empieza a enfrentar ya a la obra materialcomo espectador de uno mismo, porque, claro, tan pronto lo saca uno de sí se asume la posición de otro lector —un lector un poco raro porque tiene noción sobre las costuras y entonces es incómodo—, pero es ahí, en las lecturas de corrección, cuando uno se percata que a veces hay una oración que parece más bien un verso o un párrafo que parece una disertación ensayística. Hay ciertamente un gusto por lo trans- porque ese prefijo tan en boga lo que ocultamente demuestra es que todo parte del mismo sitio y al mismo sitio va a parar, o que al menos puede. En el caso de lo literario es que no hay formas literarias exclusivas.

Yo creo que uno escribe como lee, y yo leo muy pausadamente, contemplando frase por frase, buscando todo el significado de cada palabra y de cada estructura gramatical, así con todas las formas literarias las cuales uno termina por masticar en un solo bolo, pariendo nuevas y alucinantes formas. Pero yo no lo he elegido, yo no lo he planificado… En todo caso esto me ha elegido a mí y, por qué no, esto me ha planificado a mí.

¿Por qué escribes  narrativa?

—De nuevo, no hay una decisión tan consciente al respecto. Hay un recibimiento y un entender qué lenguaje se le permite a cada uno. Pero creo que tiene que ver con una fascinación con las historias, porque, si queremos ponernos melancólicamente técnicos, la diferenciación con las otras formas literarias es que la narrativa se ocupa de las historias, de las acciones, pero todo esto es demasiado dudoso y sus fronteras, borrosas; ahora, saber al ser humano el único animal que cuenta historias —poéticamente o no—, más allá de la gran distinción con los otros seres debido a nuestro exclusivo uso de la palabra, es algo genuinamente fascinante.George Galo 2015

También, y finalmente, es que la historia y la Historia —son una misma cosa: son narración—, lo que tratan es de darle un sentido a un mundo que no lo tiene, encontrarle una estructura a lo que no lo tiene. Y es, también para mí, no solo una forma de conexión con lo sublime, sino una forma de conexión con lo demasiado concreto como lo es el gran afán filosófico de entender la existencia, y el vehículo de la narrativa, por ficticio que sea, es tan legítimo como la ficción de las matemáticas.

Leer tu libro me reconcilió  con el castellano. Hay un punto de encuentro con nuestro idioma en tu libro. Podría ser la belleza que se ha dejado por mucho tiempo y que tú la buscas.¿Para ti qué es el idioma, qué aporte logras con tu libro?

—Realmente me emociona mucho escuchar que alguien logra aceptar el vehículo que hay ahí precisamente a lo Bello, y tu pregunta tiene ya mi respuesta: acaso el idioma no sea sino un vehículo para lo Otro. El idioma tiene menos que ver con la comunicación que con su función poética, acaso la primera de sus funciones. El arte —lo poético— sí es comunicación pero no solo comunicación y lo mismo pasa entonces con el arte de la palabra todo, el cual nos permite ir a otros lugares que de otras maneras no accederíamos. El idioma, y ya lo dije en la anterior respuesta, es la única distinción genuina del ser humano. Es, acaso, lo más humano que hay, lo demasiado humano que hay, pero también estoy muy consciente de algo y es que la palabra si bien es lo más glorioso que tiene el ser humano, es solo la palabra. Eso es muy increíble y muy doloroso. Es esa misma piedra como lo es la razón, esa cosa que para el resto de los animales debe verse como una enfermedad en nosotros —o como la divinidad.

El idioma tiene muy poco que ver con lo que quiere decir, tiene más que ver con cómo lo quiere decir —esto también justificaría la multiplicidad de las lenguas. Tiene que ver más con el sonido que con el significado, o sea, a veces tiene más que ver con la música… La genuina labor es en últimas compleja: encontrar una música que hable en humanas palabras y en ocasiones esto no asegura una comprensión de todas a primera: exige una detenida contemplación y reflexión.

En “El hombre de la razón pura” hay una indagación filosófica contemporánea, desde tu visión  joven, reflexionando sobre la ciencia, los mitos de occidente, el positivismo y la desamparada  condición del hombre actual que busca una especie de perfección. ¿Cómo percibes la sociedad actual, consideras que los jóvenes y la población en general está dejando de pensar?

—Fíjate bien: lo que quizá pudiese suceder, y que no está sucediendo solo ahorita sino que ha sucedido a lo largo de toda la historia, es que el hombre quiere dejar de pensar pero no puede dejar de hacerlo. Nosotros actualmente lo que estamos intentando hacer es dejar de pensar como nunca antes, pero intentado eso lo que hacemos es llegar a otras formas de pensamiento. Los mitos de Occidente no están muertos, están cuidado si no más vivos que nunca. Hay un dato que quizás sea horroroso por maravilloso: en los últimos diez años se han hecho más descubrimientos científicos que en los últimos mil. Es decir, nosotros no hemos perdido la esperanza en el progreso. Esa idea aún está ahí. Por eso tal vez lo nuestro no sea tan postmoderno como ultramoderno —debate que siempre ha acompañado al prefijo. La tecnología nos ha colonizado de tal modo que dudo que exista gente que no crea que será salvada por la ciencia, ya sea en una aplicación que hace las compras de comida por ti o con un trasplante de cabeza. La idea de inmortalidad también sigue ahí. Quizás, más exactamente, el error de este momento sea que estamos creyendo que la razón no tiene límites. Y esto no es tanto una herencia, parece una gestión muy propia de nuestra época porque los siglos XVII y XVIII, los más cientificistas y supuestamente ciegos por las luces de la razón, eran los que más en claro tenían los límites de la razón —por aquello de que solo se puede definir limitando, reparo muy sagaz. Creo que nosotros nos las estamos dando de listos y creemos entonces que la razón no tiene límites, culpa más bien del aún vivo siglo XX, siglo que no dio un arte tonto sino todo lo contrario: dio un arte conceptual, de reflexión intensificada, desechando demasiadas cosas.

Es hora de volver al consenso. En ese relato que mencionas juego con la frase famosa de Goya de el sueño de la razón produce monstruos y digo pero la vigilia de la razón también. La idea no es mía, es aristotélica, la mesura del punto medio. Además, no son cosas distintas la razón y la intuición (o sentimiento): somos animales que piensan sintiendo y que sienten pensando. No lo podemos separar. La verdadera revolución ultramoderna puede que sea entender que hay que hacer mano de ambas cosas. Ahí me suena esa palabrita del siglo XX: raciovitalismo. A veces creemos que el siglo pasado fue hace mucho tiempo pero imagínate, si todavía no entendemos el consejo de Aristóteles menos vamos a entender tan prontamente a Ortega y compañía.

Percibo a Ucronías como una especie de crítica, a la inmediatez del hombre, a los sistemas religiosos y a los ismos en general, veo tu necesidad del detenerse en el instante y adsorber lo poético. ¿Hay algo de crítica o de insatisfacción con los otros?

—Siempre. Si no, no se escribiría. Si no, no se sería sensible, creo. Esto enlaza con la pregunta anterior y me recuerda al inicio de una obra de Hume donde dice algo como “no puede alguien creer que podrá estar absolutamente a favor de todo o absolutamente en contra de todo”, es decir, siempre va a haber jerarquía y distinción, y si eso se elimina quiere decir que no hay ninguna insatisfacción con los otros; es ese tonto creer que la tolerancia puede ser absoluta, ese creer que los ismos pueden ser absolutos por buenos que nos parezcan. Esa es una noción que nos está haciendo demasiado daño ahora porque ciertamente está casi todo mal —como siempre. Por supuesto que hay una insatisfacción, una que probablemente luego genere otra insatisfacción y así hasta el hartazgo. Pero tal es la humanidad. Lo prepotente es creer que vamos a conseguir la eliminación de todas las insatisfacciones —pienso acá que hay demasiados pánicos y resentimientos actualmente.

Ucronías visibiliza los temores del individuo contemporáneo, la carencia del amado, la felicidad y la pérdida del miedo. ¿Cuáles son tus temores?

—Me agarras en un momento donde estoy cambiando los temores. Quizás habría que decir que solo están cambiándoles las caras porque acaso en el fondo no hayan sino un par de temores comúnmente compartidos —y por eso existe la empatía, la más rara compasión y la aun más rara caridad. En el momento en que escribí el libro estaba pasando por los miedos que ahí están retratados. Hay, no obstante, un miedo que no está ahí: el miedo a la muerte. Es justo todo lo contrario, lo que hay es un miedo a la vida. Hoy tengo un solo gran miedo —que acaso sean varios—, miedo que conoce el que ha ido al infierno y se ha regresado. Infierno que es sentir la Nada. La Nada total. Sentirse totalmente muerto en vida. Sentir esa cosa que es la consciencia intensificada como lo es la angustia y la depresión… No hablo ya de cosas abstractas, hablo de los trastornos psíquicos. A eso le tengo miedo y me gustaría nunca volver ahí, pero ahora también entiendo que “cambia, todo cambia”, como dice la canción.

@MrGeorgeGalo es tu Twitter, veo que eres muy activo en esta red social y desatas controversias por tus comentarios “derechistas” y en contra de los sistemas sociales y políticos  de “izquierdas”. ¿Cómo te han afectado a ti los acontecimientos sociales y culturales de la Venezuela del siglo XXI y de Latinoamérica?

—Bueno, sí, me han dicho derechista, fascista y cosas peores —acá en Latinoamérica parece que la derecha y la lepra son la misma cosa—, pero en honor a la verdad a mí no me gusta que me lancen a esos espectros porque me considero más un hombre de centro. Cada vez que hablo de política me gano regaños de lado y lado, pero yo tengo ideas económicas que a veces están más en la izquierda que en la derecha y viceversa. Creo fervientemente en igualar las oportunidades y en un sistema público de educación y salud de amplio acceso y alcance, por ejemplo. Me parece que para la América Latina funcionan bien los sistemas mixtos aunque siempre debe preponderar la iniciativa privada. Ahora, y sin duda, las grandes  afrentas que ha tenido la Venezuela del siglo XXI —y toda nuestra región gravísimamente afectada— contra la libertad gracias a un pensamiento de la envidia y el resentimiento yo jamás lo aceptaría. Jamás. Ante todo el individuo porque el mundo solo está hecho de individuos que viven con otros individuos, ciertamente. Que existen en esos otros individuos, pero individuos en fin. No hay tales cosas amorfas como la patria y los pueblos. Yo sería un ácrata sino fuese a que me he visto a fuerza creyendo en el Estado porque creo en la estupidez de los otros. No todos gozan del autocontrol que haría falta. Es decir, me han obligado a creer en el imperio de la ley y yo luego he querido convencerme de que existe la libertad solo dentro de la ley.

A mí la Venezuela del siglo XXI me ha marcado como te marca un cáncer que has sobrevivido —porque hay gente que no ha sobrevivido ese cáncer de país y eso duele. Me dio el exilio, me dio las burlas y las humillaciones—o los intentos—, pero todo eso me ha hecho más viejo de lo que soy y uno ya ve las cosas con mayor claridad. Yo he tenido que hacer el ejercicio de no pagar con la misma moneda pero sí de seguir muy firme en mi defensa del ser humano ante todo, de su humanidad, de su libertad individual que es una realidad ontológica, una “condena a la libertad” como la llamó Sartre quien curiosamente prefirió apostar por los sistemas que eliminan esa verdad como los son los comunistas.Si me quieren llamar radical en la lucha para que cada individuo sea y haga —y sobre todo diga— exactamente lo que quiera, que me lo digan; a mí Venezuela me mostró lo que justamente yo no quiero llevar por vida ni de cerca. Mi reduccionista filosofía política es que cada quien hace de su culo un florero y nadie tiene por qué quitarte ese derecho ni elegir las flores por ti. La forma elegante y lóbrega sería pensar en una sociedad donde cada quien pueda decidir sobre su propia muerte y no sobre la de los otros. Ahí está el resumen.

¿Para ti las redes sociales son diversión o forman parte de tu trabajo literario?

—Son las dos cosas. Son las dos cosas porque también trato que mi trabajo literario no deje de ser divertido. Forma parte del trabajo sobre todo porque son buenos lugares para promocionar, informar sobre eventos, presentaciones, pero no es ni someramente una cuenta institucional y yo no soy político —esa pobre gente que dice lo que necesita y no lo que quiere. De tal forma a veces puedo poner unos chistes muy negros —¿afrodescendientes sería?— y cosas políticamente incorrectas, como les dicen los entendidos, que me causan mucha gracia o también algún video sobre una presentación o una entrevista con algún autor. Ahí inclusive me permito el desenfreno de la incoherencia. También es que son ventanas de conexión con mucha gente genial. Yo no he cerrado mis redes sociales, más allá de aquellos usos menores, por este mayor que es recibir contenidos que me sirven para acceder a más arte, más artistas, más filosofía, más pensadores. Y por los chistes. Realmente me río mucho —de los otros, si es necesario. Siempre me acusan de solemnidad pero deben saber que es solo una forma de ser… No se deberían tomar nada de mis redes sociales tan en serio, ni de mi obra ni de esta entrevista. O todo lo contrario. Yo otorgo esa libertad horrorosa. Aunque a veces parezca que no, yo estoy muy consciente de la responsabilidad de lo que digo y adónde llego.

Eres extranjero en Bogotá, ¿cómo ha sido tu experiencia viviendo afuera del país?

—El exilio… El exilio es una cosa muy rara porque primero hay que saber de dónde es que uno está exiliado. Exilio y desarraigo no son la misma cosa, y yo de Venezuela siempre estuve desarraigado, incluso estando allá; esto nos dice que no estoy precisamente exiliado de Venezuela. La idea de los países siempre me ha parecido muy rara. El designio de la nacionalidad aún más. Lo entendí así de niño porque mi familia materna es de emigrantes y de nuevo hay que preguntarse de dónde está emigrando uno. Yo viviendo en Caracas y viviendo mi vida como la vivía siempre viví fuera del país, es decir, yo no tenía un real contacto con esa cosa etérea que es un país… ¿Acaso la gente de Amazonas está muy conectado con los de, por ejemplo, Falcón? Yo no sé… Esto me recuerda a las protestas del 2014; uno corriendo con disparos en la espalda y luego se daba cuenta que había un gentío tranquilo y feliz comprando y comiendo en el CCCT—es decir, ni con la misma ciudad, ni con los mismos conciudadanos, ni en las más trágicas de las situaciones, uno llega a estar conectado.

Mi conexión siempre fue el acontecer político pero con mi Twitter abierto lo sigo muy bien donde quiera que esté —y entendí que no iba a peligrar yo por nadie, que acá cada quien está salvando su cuello de formas igualmente válidas. Ahora, ¿qué era mi patria y de dónde me siento arrancado de raíz?, bueno, de mis amigos, mi familia, ciertos pequeños lugares y objetos —artísticos, sobre todo, como libros que se quedan—, y vivo lejos de eso sobre todo en los términos de familia/amigos que son lo mismo para mí… Algo que no le perdono al proceso revolucionario es que haya dividido a fuerza a tanta gente. Pienso en eso en este momento y me afecto mucho. Yo he dejado de ser en mis amigos y ellos han dejado de ser en mí porque no es lo mismo estar ahí con alguien. Hoy existen muchas facilidades tecnológicas pero no es igual estar físicamente. Uno que veladamente es amigo de quien le hubiese gustado ser y una parte existe en ellos, cuando te separan así de golpe comienzas a dejar de ser un poco. Como si los tuvieses que enterrar esporádica y momentáneamente, y acá pienso que Saramago dice en El Evangelio según Jesucristo que la diferencia entre la muerte y una despedida es la esperanza. No poder decirles vamos a vernos ahora… Bueno, eso no es fácil, pero uno piensa que en algún momento lo volverá a hacer. Aunque también el arte me regaló gente muy buena acá en Bogotá, eso no lo voy a negar. Debo ver la posibilidad de conectarme con otras personas fantásticas.

Sé de tu gusto por Jorge Luis Borges. ¿Cómo te marca en tu cotidianidad leerlo?

—Esto es cómico porque hoy en la mañana le leí a mi primo y mi hermano un cuentico muy breve de él y terminé con los ojos aguados. Supongo que no oculto mi admiración… Creo que es que no se puede ocultar una pasión tan obvia. Pero así funciona, como —y esto va a sonar horrible—, como una Biblia… Piensa en los hoteles que tienen una en la gaveta para tenerla a mano siempre, bueno, así tengo yo a Borges. Es que es el epítome de la Belleza del siglo en perfecto sincretismo. Es el escritor donde más consigo lo sublime. Entonces en mi más inopinada cotidianidad estoy por ahí y me da por sacar de mi biblioteca un libro suyo de poemas al azar, y leer, uno al azar de cuentos, y leer, de ensayos y así… Su infinita brevedad nos lo permite. Es un intermediario conmigo mismo. Calma todo alborotándolo. Es un contacto con algo demasiado grande.

¿Tu libro favorito de Borges?

—Muy complejo porque Borges es de estos autores que no escribió varios libros sino el libro. Yo siempre hago la excepción cuando me lo preguntan y digo que mi libro favorito es su obra cuentística reunida, que no es un libro tampoco tan grande, debe llegar a eso de las setecientas-ochocientas páginas como mucho. Extensión respetable y soportable. Si debo elegir solo uno de esos, sería un librito majestuoso en todas sus páginas, el último y menos conocido de los que escribió, al que me parece no le falta ni sobra nada: La memoria de Shakespeare.Un par de cuentos perfectos que bastan para consumar un autor pleno, total.

Comentemos sobre la narrativa actual Venezolana. ¿Cuáles autores te gustan del país?

—Me pasa algo muy raro con la literatura y más con la “actual” y es que prefiero a los muertos porque ya no cambian… Un fetiche raro. Creo que se debe a que cuando los leo siento genuinamente que no están muertos, que siguen siendo actuales. Me los traigo y siguen muy vivos, entonces me dices actual y leo a Meneses, Díaz Solís y Úslar Pietri como actuales. Es que son narradores tan gigantes que siguen vigentes… Hasta el más antiguo y muy nuestro no-Nobel  Blanco Fombona—todos nuestros modernistas, en general. Pero si es por los físicamente vivos y que siguen produciendo pienso en Ednodio Quintero, grato narrador en relatos y novela, sobre todo por esa seria fantasía que tanto se ha abandonado. Admiro la soltura entre géneros de José Balza, ese trabajo loable entre el cuento y la narrativa. La misma Victoria De Stefano, igualmente, aun cuando no soy el mejor amigo de las novelas en general y quizás menos del realismo. Son todos hondos. Pero estos también son ya vacas sagradas… De los jóvenes y contemporáneos que están construyendo obra pienso en Sol Linares, quien parece que nos canta al oído, un ritmo tan único. Cuentos de Rodrigo Blanco Calderón me llaman la atención por juntar tan bien la tradición literaria y lo muy cotidiano. Aunque paradójico, la novedad no existe pero sí existe la originalidad. A mí me interesa esa otra forma del universo que cada artista logra ser como bobina que mezcla percepciones y eso lo revela un discurso con poética propia —y no soy de un gusto homogéneo en eso.

Debo, en fin, nombrar a un autor que no es ni nuevo ni venezolano pero sé que no le molestará que lo traspapele acá —no sería el primero en bromear con ello—, además ha vivido muchos años allá, es Octavio Armand. Tampoco escribe narrativa en su acepción tradicional, pero en sus poemas y ensayos yo he encontrado mejores narraciones que en muchos otros autores que aseguran contar historias. Este es uno de los autores vivos que más me interesa, no solo en Venezuela sino en todo el mundo de la literatura hispana.

¿Consideras que la coyuntura social-cultural de Venezuela favorece a la literatura y a sus escritores?

—Anímicamente, sí. Anímicamente cualquier tormenta es, no ya buena o mala, sino necesaria para cualquier movimiento artístico interesante. Precio alto, pero sí. En la otra orilla, mercantil e industrialmente, para nada favorecedor este estado de las cosas. Nunca escribo pensando en dinero y creo que nadie que recibe la poesía lo hace —no principalmente, al menos. No creo que alguien genuinamente crea que se va a hacer rico haciendo literatura y ese no es el punto, pero publicar libros requiere dinero y una maquinaria importante. Cuando un autor entrega el manuscrito comienza a funcionar una larga cadena de valor, comienza a funcionar un engranaje que abarca desde correctores hasta librerías. Nada es gratis. Es decir, sí hay y es necesaria una dinámica económica. No ya ni siquiera pensando en recuperar el dinero pero un país donde el billete de mayor denominación vale menos que el papel higiénico, un país donde conseguir papel es como conseguir oro, bueno, nadie tiene fácil ahí publicar un libro. La expansión del mundo editorial que la literatura venezolana requiere y merece no está siendo posible. Basta con ir a festivales en otros países y uno nota una crasa diferencia.

Volviendo a temas polémicos, en las redes sociales se comentó mucho sobre la muerte del escritor Alejandro Rebolledo y se habló sobre su novela Pimpam pum. ¿Qué opinas de los señalamientos sobre la novela de Rebolledo, la leíste?

—Sí, la leí hace un par de años y debo decir muy honestamente que no la disfruté. Con esto no quiero decir que sea una mala novela. De hecho, el discurso de Rebolledo me parece valioso y necesario en una natural consecución de una forma literaria que viene desde Massiani, pasando por Óscar Marcano, Federico Vegas… Si bien necesario, corre la mala suerte ese tipo de discurso de agotarse muy rápido, de no tener la gran facultad de ser infinito, lo cual es un problema para múltiples lecturas. No es una novela de mi agrado, a sabiendas de que tampoco soy el mejor para pedirle opiniones sobre novelas; pero está bien, lo inmediato también complace, la literatura de mero entretenimiento también tiene su santo lugar. Ahora, con todo lo que se ha señalado —y a lo que nada hace falta agregar—, lo que ha quedado demostrado han sido unas bajezas muy grandes. Una gente haciendo unas guerras casi partidistas y personalistas, una gente que está más pendiente de medir la literatura por ratings que por cualquier otra cosa. Nada que tuviese que preocuparle al arte. No obstante, yo soy pleno defensor de que cada quien diga cuando quiera, como quiera y donde quiera lo que le dé la gana; me da absolutamente igual.

La libertad de expresión no solo la hemos conquistado para que cada quien sea libre sino también para atrapar con mayor facilidad a los estúpidos. Entonces está muy bien que la gente diga todo lo que quiera y que se lancen piedras y mojones, como los monos. Yo creo que Rebolledo no se ha ido pronto de la literatura, creo que se ha ido cuando se tenía que ir —si es que no tenía rato ya ido— y dejemos que descanse en paz; las vidas y opiniones de los autores —de los vivos y de los muertos— no tienen nada que ver con sus obras, las obras son cosas vivas por aparte. A ver, pues, si alguna editorial lo reedita que serían muy tontos de perderse ese buen dinero que harán y además así calman a una gente que anda como muy triste y muy brava porque no lo han re-reeditado.

¿Qué mensaje le das a los jóvenes escritores venezolanos que desean publicar su libro?George Galo

—Leer, leer, leer y si les queda tiempo libre seguir leyendo. Luego que hayan hecho eso, buscar un pequeño espacio ahí y escribir. En ese punto ya cada quien comienza a conocer sus ritmos que son tan personales como los de ir al baño. Con respecto a la logística de publicación, yo aconsejaría comenzar a hacer algo que se hace en todos lados y se llama lobby político, entonces hay que asistir a la mayor cantidad de presentaciones de libros que puedan, a la mayor cantidad de encuentros y talleres que puedan, acercarse a la mayor cantidad de escritores y editores que puedan, y comenzar a generar esa intimidad que es la verdadera historia del arte: artistas dialogando con artistas. Hay otro camino que a mí no me divierte tanto pero hay gente a la que le funciona muy bien: el de los premios y convocatorias. Ahorra muchos peldaños si se logra acceder, pero tienen de malo esa tendencia a uniformar y homogenizar los discursos con demasiada hegemonía. La fortuna de hoy es que muchos piden los manuscritos electrónicos entonces lo máximo que se puede perder es el tiempo organizando los archivos, y tocar la puerta no es entrar. Lo realmente importante: a quien lo haya elegido el arte que se afinque y que coma de todo el arte que consiga. Que no pare de cultivar su discurso. Es un designio que hay que saber aceptar con entereza y paciencia.

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