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Socialismo: no pinta bien ni en el papel

/ enero 18, 2018 / Socialismo: no pinta bien ni en el papel

Por Osvaldo Silva Martínez

Muchos piensan que es contraproducente combatir al socialismo y a los regímenes que lo implementan –como el de Venezuela- enunciándolo una y otra vez, describiendo sus fallas o exponiendo sus crímenes, y que más productivo sería concentrarse en difundir las ideas de la libertad, los beneficios de las sociedades abiertas y los avances que permite el libre mercado. Sin embargo, existen nociones confusas en las mentes de mucha gente que terminan por justificar la implementación del tan mentado sistema de dominación; a veces, algunas ideas perversas logran cuajar en la idiosincrasia de las sociedades que se dan el [mal] gusto de probar variantes del socialismo, bien porque creen que los gobernantes socialistas anteriores fueron unos malos administradores o porque tienen la plena seguridad de que las maravillosas ideas plasmadas en papel nunca han podido ser materializadas de verdad.

Ahora bien, más allá de redundar en los típicos señalamientos de que esto o aquello es marxismo cultural, ¿Cómo se puede desmontar la idea de que el socialismo en la teoría funciona? ¿Cómo se convence de que en sí misma es una mala idea? Ante estas interrogantes es válido responder que primero, existe evidencia de cómo políticas fundamentadas en el socialismo han llevado a naciones enteras al colapso y, segundo (si vuelve a relucir la frase “eso no era verdadero socialismo”), presentar escenarios en pequeña escala donde los principios socialistas también tienen un resultado indeseable, la gente suele reaccionar ante situaciones que le atañen directamente.

En ese sentido, el caso más reciente y vistoso de las desgracias del socialismo no es otro que Venezuela. Para evidenciar el colapso que las políticas del mal han ocasionado no hace falta ni mostrar numeritos, una nación con dificultades pero con posibilidades reales de superación, una clase profesional competente, grandes industrias nacionales e internacionales presentes y, por supuesto, una enorme industria petrolera con vastas reservas y suficiente capacidad tecnológica y talento humano, fueron llevadas a la nada en menos de dos décadas. Bastó un coctel explosivo de control de cambio, control de precios y tutelaje de la venta y distribución de bienes y servicios (planificación centralizada de la economía) para que en pleno 2018 una nación del hemisferio occidental no tuviese –en su mayoría- la posibilidad real de garantizarse las tres comidas del día.

Si en el país donde el servicio eléctrico es interrumpido a diario la gente aún quiere que el gobierno sea el único proveedor; si en el país donde las panaderías no venden pan ni las farmacias medicinas la gente cree conveniente que el gobierno sea quien asigne los dólares para la compra de insumos, controle los puertos, fije los precios de venta al consumidor y establezca la cantidad de productos que cada uno puede adquirir y, peor aún, cuando los propietarios no cumplen los gobernantes confisca las empresas y asume roles que no le corresponde, pues es necesario ubicar a quienes piensan así en un plano donde ellos sean los protagonistas, a ver si siguen sosteniendo tales nociones.

Para hacerle entender a una persona que el socialismo está mal -de plano- hay que llevar la conversación desde el escenario más amplio (el país) hasta uno más diminuto y comprensible, una suerte de la lógica de los grupos pequeños como lo ha expuesto Louis E. Carabini en su libro Inclined to Liberty. Se le podría cuestionar a un seducido por las ideas socialistas si en una pequeña comunidad (de la que forma parte) él estaría dispuesto a trabajar día y noche para proveerle a sus vecinos cada comida del día sin que el recibiera a cambio algo más allá de su propia ración de alimento. Sería ideal preguntar si puede considerarse correcto que la mitad de los vecinos, una mitad muy vulnerable, despoje a la otra mitad de su propiedad aludiendo a su estado de necesidad. También sería preciso saber si les gustaría que de esa comunidad solo unos pocos tuvieran la autoridad de decidir que se come, como se viste y que función desempeña cada quien.

A final de cuentas, el establecimiento de controles económicos y legislaciones contrarias a la idea de  República  terminan produciendo los mismos resultados que los micro-escenarios mencionados en el párrafo anterior. Aunque son medidas impuestas a gran escala, las repercusiones son particulares. En el momento en el que estas directrices –revestidas de reivindicaciones sociales- no son apoyadas por una mayoría, quienes las promueven requerirán del uso de la fuerza, única manera de sostener un sistema que es contrario a la naturaleza humana.

Se debe destacar que los socialismos no dejan de ser socialismo cuando entran en su fase totalitaria, es decir, cuando esas leyes y esos controles ya abarcan todos los aspectos de la vida. Cualquier sistema que pretenda un férreo control de los intercambios humanos es un sistema de dominación social, donde quienes ejercer el poder del Estado (gobierno, administración de justicia, monopolio de la violencia) son los únicos que escapan de los controles, lo que les permite establecer para sí los más oscuros medios de acumulación de riqueza: corrupción, narcotráfico, legitimación de capitales, etc.

Vale, no está mal que alguien tenga la inquietud de buscar soluciones a los problemas que padecen los más necesitados, pero se debe comprender que esa vocación altruista solo es cierta y posible si es voluntaria, por lo que la llamada redistribución de la riqueza no es más que el despojo de los que más tienen en [supuesto] beneficio de los que menos tienen, con una alcabala de bolsillos profundos (e intereses ocultos) llamada Gobierno de por medio.

Donde quiera que se abogue por muchos impuestos para financiar políticas públicas, o, establecimiento de empresas estatales para garantizar el “correcto” acceso de los bienes y servicios al pueblo, en nombre de la justicia social, lo que se está haciendo es otorgarle a una camarilla la potestad de decidir qué hacer con los recursos que  unos producen y como otros   pueden obtenerlos, es como estar en una comunidad donde unos pocos deciden que se come, como se viste y que rol desempeña cada quien. Ahí se evidencia que para los socialistas el problema no es la pobreza sino la desigualdad (el que unos tengan más que otros).

Así pues, lo mejor es abogar por un sistema donde cada uno se dedique a lo que le plazca, intercambie en el mercado el fruto de su esfuerzo y obtenga todo lo que necesita y quiere, donde esa libertad de decidir qué vida vivir sea asumida con responsabilidad y se responda y se asuma las consecuencias cuando se afecte la vida, propiedad o libertad de otro. Un sistema de libertades donde el Estado asume las competencias que les son cedidas por la sociedad y no donde la sociedad se desenvuelve dentro de los “derechos” que les concede el Estado.

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