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La poesía, madre del pensamiento occidental

/ Febrero 6, 2017 / La poesía, madre del pensamiento occidental

Por @MrGeorgeGalo

“Cúmplenos decir, ante todo, que la filosofía se

acuesta más a la poesía que no a la ciencia”.

Del sentimiento trágico de la vida

Que sin entramado de mitos y su expresión sagrada —aunque los textos homéricos y hesiódicos no tuviesen tal estatus— no hubiese probablemente jamás existido el pensamiento filosófico es una evidencia fuerte por sí misma. Pero que la poesía religiosa de una época prefilosófica es, en realidad, el puente más racional para dar el salto al concepto solo tiene —eso también es cierto— sentido en el espíritu heleno. Con religión, con panteones y estructuras de dioses, casi todas las civilizaciones contemporáneas de los antiguos griegos. La multiplicidad de lo divino y la intrínseca lógica de sus explicaciones no eran, por ejemplo, más o menos burdas en Egipto. El ligero inmenso detalle acaso esté en la plasticidad con que la Hélade se permitía jugar a la hora de sistematizar a sus dioses, siempre crecientes y siempre más múltiples. En ningún caso desorden; solo flexibilidad. La palabra que uso no es casual: sistematizar. La Teogonía, más allá del influjo —dudable o no— de su contenido en los físicos del siglo VI a.C, señala, por sobre todas las cosas, que no solo se realiza evidentemente la meticulosa minuta de la genealogía divina, sus porqués y sus cómos, sino que, muy contrario a lo impensable que podía resultar en una teocracia como la egipcia, el griego de los trabajos y los días se permitía hablar con igual ligera seriedad de los dioses y de cómo se labra la tierra. Es decir, que se permitía colocar en todo su examen el motivo de los dioses. ¿No es este un logro velado de la herencia más importante del mundo griego, a saber, la libertad de pensamiento —y, oh sorpresa, por consiguiente la de discurso—? No es solo su obvia y ya loable sistematización, sino el no dar por sentado, como acaso obligaban las castas sacerdotales del Oriente próximo, la revelación divina. La horizontalidad de su plástica religión y su expresión en los conocidos versos tiene, pues, un impacto más formal que sustancial en el advenimiento del pensamiento filosófico porque, si bien Hesíodo estaba bastante lejos de querer criticar activamente o intentar derrumbar alguna creencia, ese afán que sí se revela de querer saber por solo saber —el conocimiento por el conocimiento mismo— tiene todo que ver con el subsiguiente espíritu del amor a la sabiduría.

Sin embargo, esta es la solo la primera y más conocida derivación que se puede hacer, pero hay una en la que no se ha reparado con igual cuidado. Esa voluntad ya agnóstica que revelaba la examinación de los mismísimos dioses, cobra toda su fuerza cuando leemos hacia finales del siglo VII un verso como el del jonio Mimnermo: “De los dioses no sabemos nada bueno ni nada malo”. Según él, los dioses seguramente tenían que entretener sus pensamientos con temas más importantes que los humanos. Demarcando lo que sería una guía de ruta en la poesía griega, el poeta jonio cantaba los placeres del momento, el arte amatorio, la brevedad de la juventud y las congojas de la vejez, con una ironía que, la verdad sea dicha, solo podía darse mediante una capacidad analítica mucho más compleja. Este poeta que, distinto de los ojos de los físicos que se volcaban hacia la naturaleza, miraba hacia sí mismo, descubre una unión sin la cual no se habría parido la curiosidad de la filosofía —y la ciencia—: el hombre colocándose en el medio de lo que ya parecía ser una sociedad más secular, más materialista y, no hay por qué no decirlo, más antropocéntrica. Peculiar y paradójica forma de lograrlo: justo porque el hombre se rebaja en importancia ante los dioses es que cobra sentido de sí mismo, sin tener o querer saber nada bueno o malo de ellos, pudiendo entender que la explicación divina no sea acaso la única. No en vano, siglos luego, el propio Sócrates —nada amante de la poesía— robará la inscripción délfica del “conócete a ti mismo” para hacer de la filosofía algo tan oracular como la poesía misma —no perdamos de vista que el espíritu griego aún confiaba demasiado la creación a la posesión de las Musas. Más que encontrar las rutas comunes, parece más valioso comprender que la aparente ligereza de la poesía —aun si se tomara como infundada por lo divino— demostró una actitud mucho menos rígida para la crítica y la búsqueda casi inintencionada de otros discursos. Un escenario cosmogónico en el cual los dioses se separasen de él era una consecuencia posiblemente categórica siempre que estas dos cándidas asolaciones de la poesía se tuviesen en cuenta: un antropocentrismo asaz agnóstico y el afán sistemático del placer intelectual —la investigación pura. Que acá yace, pues, el valor de la cosmovisión occidental que habría que mantener en más alta estima: únicamente en librepensamiento puede ser esto posible y únicamente en él puede permanecer vigente; lo contrario atentaría contra la concepción misma de la filosofía y la ciencia occidental. Ciencia que a su vez también se enmarca en esta compartida ascendencia porque no es menos racional ni más intuitivo el destello de un verso que el de una idea, del ingenio que es tanto la razón como la pasión, esas disposiciones que a veces se comportan demasiado iguales como para distinguirles.

Por las demás condiciones de la época, a sabiendas ya necesarias pero nunca suficientes, basta revisar lo muy bien documentado: que el ímpetu intelectual por encontrar lo permanente permitió el salto al concepto, a la abstracción, a la “universalidad”. Pero la poesía, que no ha recibido acaso la atención que ameritaría en este categórico proceso, se ha encargado desde entonces, ¡créanme por un momento lo que les digo!, en hallar, aun inductivamente en su larga caminata, lo que en todo hombre ha permanecido y permanece: eso que otros llamarán el alma —yo prefiero “espíritu”. Facultad sin la cual, ya es obvio, jamás hubiese podido darse el siempre milagroso suceso de la razón.

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