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De la justicia

/ Febrero 9, 2014 / De la justicia

Por Carlos Da Silva @CDDSA de @VFutura

Hans von Aachen

La vasta extensión del Imperio Macedónico de Alejandro Magno, las conquistas de Julio César sobre los pueblos bárbaros de Galia, la caída de una corona mediante la Revolución Francesa, el exterminio parcial de una etnia por causa de una esvástica; todos estos han sido eventos que han marcado la historia de la humanidad. Acontecimientos en los que aquellos contemporáneos a las diversas épocas aquí referidas gozaban del júbilo del vivir, recayendo sobre ellos, además, el peso del deber.

Se tiene la tendencia de considerar que aquellos grandes momentos, dados en el desarrollo del existir -anacrónicos, por la naturaleza excepcional de su objeto y fin-, son un mero producto, o consecuencia, desprendido de la voluntad de aquellos líderes pasados que ostentaban el poder. Como si ellos hubiesen nacido con espada y escudo en mano; como si ustedes hubiesen nacido con cadenas y adoración por el cuero del látigo. –Se adjudica, de manera irresponsable y cobarde, el rumbo del mundo a un pequeño grupo de personas, cuando éste no es sino el producto de las acciones de la totalidad de la vida humana dentro del planeta.

Ya sea como el conquistador, reclamando nuevas tierras como propias mediante el olor de la pólvora; o como el aborigen, que cae despavorido ante el horror del castigo divino, próximo a sus pies; actuamos de acuerdo a aquello que consideramos como justo: lo que consideramos que debe de ser. Esto, gracias a que hacemos lo que somos; porque nuestro accionar se origina de nuestro sentir y de nuestro pensar, los cuales, a su vez, están compuestos por las consideraciones individuales claramente establecidas que poseemos acerca de la realidad.

La realidad que se encuentra moldeada por la concepción de lo que vemos como justo, como ideal, es guía para nuestra acción. De aquí que todos seamos responsables de los sucesos y manifestaciones de fenómenos humanos; seamos partícipes o no de los mismos. La existencia de ningún hombre es insignificante per se -aunque este mismo la llegue a concebir de dicha forma- en el desarrollo de la civilización. Y esto es así por el simple hecho de que incluso su decisión de aceptar o refutar un acto, podrá frenar u acelerar dicho proceso civilizatorio.

Normas no son humanas ; y no lo son, porque el actuar de los seres vivos con consciencia y voluntad no es realizado sencillamente por la inercia de lo sucedido, en el ambiente donde éstos se desarrollan. El hombre ha de oponerse o aceptar el flujo de los eventos, pero nunca se “deja llevar”, tan sencillamente, por el momentum de una energía. No se es ni un mecanismo, ni un mero observador de la historia. Es así que podemos determinar dos tipos preeminentes de acción, en cuanto a la respuesta a un estímulo externo: la de resistencia, es decir, la negación o búsqueda de contradicción para con lo planteado; y la de aceptación, que la del acoplamiento a lo propuesto, ya sea de manera calmada o de obediencia forzada.

Determinando así que todas las acciones que tomamos tienen relevancia, en cuanto a la clasificación anteriormente mencionada; siendo la primera forma capaz de originar rebeliones, y la segunda de dar lugar a dictaduras; podemos adentrarnos ahora en el elemento que determina la elección de alguna de estas posibilidades. Ese elemento es el sentido del deber, que no es más que la propia percepción de lo que entendemos como justo.

Todo hacer u omitir, atacar o defender, dejar o impedir, se encuentra regido por este principio. Reluce, de esta forma, un patrón aparente que sigue toda conducta humana, originándose la misma de lo considerado como justo; por lo cual, ello se constituye a sí mismo como deber que, al ser deber, orienta los actos. La problemática, para el análisis, se presenta entonces en vislumbrar la justicia reinante en cada sociedad. Esto último está lejos de ser un concepto indeterminado, habiendo sido claramente definido -hace dos milenios- por un praefectus praetorio de la urbs romanae: Ulpiano logró establecer, con extrema precisión, lo que ha de ser entendido por justicia, como “la continua y perpetua voluntad de dar a cada quien lo que merece”.

Es en ese estrato donde la justicia se divide en diferentes corrientes, adquiriendo diversos matices al precisar quién es el que merece qué, y qué es lo que se merece: es decir, quién es el propietario de dicho mérito, y qué mérito tiene para ser el propietario. Esta perspectiva es cambiante en el tiempo, transformándose al unísono con los individuos cubiertos por el manto de la misma. La justicia individual, el deber en cuanto al pensamiento particular del uno, es el agente moldeador de la justicia colectiva. Es de la concesión de las diferentes mentes individuales, con el objetivo de permitir un desarrollo armónico – mutuamente productivo, que la justicia colectiva nace; es de ahí que la ley encuentra su génesis.

No podemos cometer el error del sacerdote, que coloca a su creación como su creador; no podemos considerar a una abstracción como más importante que al uno que la originó y que la formó. Es aquí donde podemos observar, con claridad, la responsabilidad que cargamos con respecto a cada suceso al que damos inicio o fin; aunque lo declaremos sin importancia. No importa el tamaño aparente de la acción, ésta afectará en alguna media el orden universalmente causal de la realidad, siendo, quizás, el principio de cosas más grandes. Tendríamos que enfocarnos entonces en el individuo, paragón de lo que es justo, debido a que es él quien lo determina como tal.

Esta definición de lo justo viene estando sujeta a 3 elementos conceptuales, dos de ellos relacionados con las ideas de lo que es y uno de ellos relacionado con un factor material. En cuanto al área de los pensamientos, nos referiremos a la base que afecta no solo lo que se tiene establecido como deber, sino que también repercute en la capacidad misma de razonar.

1) La Libertad, en cuanto a lo que nos referimos, viene a ser el rango -o capacidad de maniobra- de la acción con el que contamos, que, a su vez, depende de algo clave: el hecho de que dicha acción pueda -o no- afectar a otros en su esfera personal. –Además de esto, en el caso de que la respuesta a esa última diatriba sea positiva (en caso de que la acción sí tenga una repercusión personal en otros), habría que preguntarse en qué medida se justifica llevar a cabo la referida acción.

La Libertad, entonces, es el hacer o no hacer. Luego de la Libertad está 2) el mérito: aquello que consideramos como merecido, según el uso del primer elemento; – lo que observamos como merecido por actos propios o ajenos. Por último, 3) la propiedad: a quién le pertenece el mérito de dichas acciones y los efectos derivados de las mismas.

Conformada así la justicia, se requiere del poder material para su aplicación, cuya extensión variará con respecto a la fuerza poseída para ejercerlo. Lo que quiere decir que es la justicia del poseedor de la fortaleza la que prevalecerá con respecto a las demás.

Diferenciamos entonces a los distintos tipos de justicia por su origen, el cual dará a entender el objetivo de aquélla y determinará qué tipo de seres se rigen bajo ella. Un Estado que se proponga a sí mismo distribuir equitativamente la riqueza, para igualar materialmente a todos, estableciendo que dicha distribución es un derecho simplemente por ser hombres los receptores, convierte a todos los que se encuentran bajo su tutela en indigentes. Aquel Estado que considera al hombre como un trabajador cuya labor más importante es el mantenimiento de la sociedad, la cual vendría siendo propietaria interina de lo que este hombre logre producir -abasteciendo solo las necesidades básicas de éste como individuo-, convierte al humano en un esclavo.

Vemos que, en cierta forma, es el sentido de justicia, contenido en la ley o las costumbres, el que acaba por determinar al ser que se posa por debajo de la misma. A pesar de esto, siempre se puede encontrar a aquellos que se oponen a esta idea: los que se reúsan a ser medidos por la vara de un esclavista. En ese momento se produce la injusticia, el choque entre dos sentimientos de deber que, por su esencia, se demuestran irreconciliables. –Pues no existen malos o buenos tipos de justicia; caer en estas definiciones banales, provenientes de concepciones morales apriorísticas, es estéril. Hay tipos diferentes de justicia, que al yuxtaponerse terminan produciendo injusticias entre ambas partes, partícipes en dicho conflicto. De esas partes, por cierto, solo una prevalece siempre como victoriosa, obligando a la otra a doblegarse ante el poder de su voluntad, orientada por el sentido de su deber; obligando a la parte derrotada a obedecer y, así, obligándola a desaparecer. Y ahí la parte victoriosa se mantiene hasta la aparición de un nuevo rival.

Corresponde entonces a cada uno de nosotros definir el tipo de justicia que queremos que rija en la Venezuela Futura. Es nuestra labor decidir si queremos aceptar esta justicia de vándalos, de saqueadores, de esclavos… que hemos heredado de las generaciones recientemente pasadas. Nos corresponde a nosotros escoger entre aquello que queremos ser: indigentes, que se conforman con las migajas caídas desde la mesa de su amo, o seres libres, regidos por su propia voluntad y dispuestos a defender aquello que les pertenece. –Resistir es un deber, si queremos alcanzar lo que por naturaleza debemos ser: hombres, cuya justicia no es otra que la del antiguo héroe helénico. Resistir es una necesidad, si queremos realmente gozar de nuestra existencia; – júbilo que es imposible si somos atados a una voluntad ajena. Resistir, porque solo los peces muertos nadan en favor de la corriente.

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