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Bienvenidos a la guerra

/ enero 20, 2018 / Bienvenidos a la guerra

Por @RafaelValeraC de @Rumbo_Libertad

A OP y a los hermanos guerreros que cayeron buscando equilibrio.

Mishima decía que la pureza era alcanzable si nos convertíamos en poesía con una gota de sangre. No sé qué seguía después, si otra bocanada de mi cigarrillo o una nueva frase pesarosa de esas que son fulminantes en el alma.

Ya no importa. Estamos en la trinchera.

El balcón estaba fresco como de costumbre, pero todo estaba distinto, había un intento de petrificarme. La brisa venía hueca en busca de algo. Al igual que yo: buscábamos una respuesta.

***

Tengo hermanos que han presenciado la muerte—y gracias a Dios no la han vivido. Uno de ellos habló de nuestro mundo—el de las consciencias—como uno en el que las almas grandes dominan. Pero en sus palabras me di cuenta que no estábamos buscando—la brisa y yo—una respuesta sino más bien una pregunta: ¿cuál es el camino que deben transitar los espíritus para ser grandes?

La brisa se detuvo. Me senté. Y su rostro no dejaba de volverse el mío. No. No eran caretas. Eran almas que se compartían, como las de Aquiles y Patroclo. Las palabras se oían al fondo: difusas, empañadas, como granizos confusos. Sólo la sensación de ellas era clara: horror, incertidumbre, impotencia. Había vivido toda mi vida entre la muerte y una vida aparente. Mi mente recreaba los balazos, las granadas, el sofocante misterio del segundo siguiente. Quería taparme los oídos, pero mi cuerpo no lo dejaba. Estaba a merced del recuerdo. Era familiar el olor que vino a mí después. Uno de hogar. Nuestras casas se han vuelto bunkers: la comida es tan sólo una reserva racionada y escasa, nuestras puertas un reto para el tiempo de las botas rojas, nuestras iglesias una herejía, y nuestra vida un vil juego de cara y sello con una moneda de dos caras.

Donde iba el pan ahora hay granadas, y donde hay una familia hay ahora un pelotón. En asombrosa defensa, entre escombros y ataques, entre fusiles y ráfagas, entre preguntas aisladas y un mañana tan oscuro como sus dueños. Pero algo sí es seguro: jóvenes en túnicas, con sus flacos brazos acompañados de un gran escudo y lanza, vivieron como nosotros siglos atrás. Muchachos que les sobraba uniforme desembarcando, sin saber a ciencia cierta el poder de la bala, bajo la orden de quien ya le había puesto destinatario. En la tierra aturdidos por el acero y los sollozos de los caídos, conociendo el verdadero significado de la guerra. Jóvenes resistiendo. Jóvenes existiendo.

La vida ama repetirse y repetirnos en distintos cuerpos. Somos los mismos espíritus dando siempre la lección a los que negaron del sable y el coraje. Somos los horrores de los débiles y los mitos en las canciones de los abanderados. El símbolo en el escudo, la medalla en el pecho. Somos la victoria en la historia amparados por sus ángeles—la sangre y la guerra—, destinados a repetirnos hasta el fin.

***

El rostro carmesí. Sí, lo sentía. La vida se me desbordaba por la frente. Mis gritos me agotaban cada vez más. No entendía por qué debía seguir en pie. Me sentía un pequeño buscando caminar. Estaba siendo llevado por el impulso de la vida. Y la Patria estaba ahí, en mis últimos momentos, en mi respiración acelerada. Me decía a mí mismo que más bocados de aire eran más vida, o más segundos. Todo es válido para un guerrero que busca mantenerse firme. Mientras, un mar rojo me volvía pesado el párpado. Los adoro hijos. Sus rostros, uno a uno, pasaban. Veía sus gestos y detallaba cómo cada uno se hacía su propio repertorio. Sus risas las escuchaba como una canción estival olor Ávila. Cada uno tenía varias. La tímida, la carcajada, la traviesa, la que no puede aguantar. Que Venezuela las escuche algún día. Altamira las merece.

No podía escuchar mi honor entre las detonaciones, eran gritos de bestias. No podía ver mi futuro entre el granizo de cemento. Mi alma estaba en mi boca y quería salirse. ¿Dónde la resguardo?, me pregunté y supe entonces que debía dejarla en manos de la historia.

¡No disparen! Gritaba sin otra respuesta más que la terrorífica metralla sádica. Pensaba en mis hijos… qué será de sus graduaciones, de sus desamores y sus lágrimas en mi ropa, de sus logros y sus carreras hacia mí con gritos de entusiasmo. Ya no me podré preguntar cuándo llegarán a la casa, porque ya no estaré en ella.

***

Nosotros no queríamos esto. Nadie quiere una juventud robada con olor a metal impuesto. Pero somos partícipes y partes de un destino, la verdad. Aquellos que han sido débiles serán espectadores de la fortaleza que los ha saltado en generación. Sí. Ha habido millones de ellos y millones de nosotros, guerreros. Pero sólo a la luz de la muerte se entiende la vida desde el nacimiento.

Los escépticos filosofaban sobre el dolor del acero punzante en sus yugulares. Escribían altos sobre unos supuestos guerreros de cartón, cuando en verdad eran sus riscos dizque eruditos las quebradizas desgracias de la Patria. No entendían “la lógica” del guerrero… pero que ese es el error de las almas viejas y cansadas: los guerreros no somos lógica, somos el instinto más puro al que se puede acceder. La preservación de la vida.

Les sonaba mística la Resistencia. Sonaba épica, aventurera, pero lejana, fuera de sí como un eco no bienvenido. Y luego retumbó la guerra en los corazones, tomando a todos los somnolientos por sorpresa como un Blitzkrieg en la última noche libre de Valmiry, y dando un agridulce encuentro—para los que llevábamos años despiertos con el estandarte sobre el fuego.

Los guerreros no hacen guerras, es el tiempo quien las repite.

Bienvenidos a la guerra.

R.V.C

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